Qué Pensar
«En el no pensar es bella la vida.»1 Sófocles, Ayax
«Aquel que comprende tiene alas.»2 Pañacavimca Brahmana, iv, i, 13
Según la física cuántica, la observación y el pensamiento crean la realidad, el universo existe cuando es percibido. Clarificar nuestras ideas sobre nosotros mismos y sobre el mundo es imprescindible para crear una vida más bella y más justa, si eso es lo que concebimos como deseable.
En la base del pensamiento están la conciencia del tiempo y de la muerte. El ser que entierra a sus muertos y elabora signos, mensajes, gestos o rituales sobre ese dolor ejerce una función simbólica, es decir, piensa.
Y quizá espera otra vida en el más allá, quizá cree en la transmigración de las almas, o actúa convencido de que solo somos la materia del cuerpo que habitamos y desaparecemos con él.
Pensar no es una actividad desinteresada y libre ni una función exclusiva de los filósofos. El pensamiento siempre está vinculado a las condiciones económicas y políticas del momento, y al entorno social en el que la persona ha nacido. La ciencia entiende el pensamiento como resultado de la acelerada interconexión neuronal cuyos flujos son impulsados por las circunstancias a las que el sujeto intenta enfrentarse o adaptarse.
Pensar históricamente significa datar, analizar causas, comparar, tener conciencia del tiempo y dar sentido a los acontecimientos que se desarrollan en él. Presente y pasado no son antinomias. La historia es un instrumento para interpretar el presente.
Pensar artísticamente supone construir artefactos y estrategias mediante los cuales la historia y la existencia puedan ser intuidas, comprendidas e incluso inventadas. Crear es una forma de trascender la muerte. Según el historiador Mircea Eliade, la auténtica hermenéutica creadora, como el descubrimiento científico o técnico, desvela significados que habían pasado inadvertidos o incomprendidos, o los señala con tanta intensidad que, una vez asumidos, el hombre ya no puede volver a pensar como antes.3
«Lo preocupante de nuestro tiempo –un tiempo que da qué pensar– se muestra en que todavía no pensamos», decía el filósofo alemán Martin Heidegger.4 Es decir, que no hemos aprendido a pensar. El miedo a la muerte y a la pobreza es utilizado por los poderes establecidos –sean las élites religiosas o las oligarquías financieras que dominan el mundo–, para debilitar el desarrollo del pensamiento crítico. Vivimos bajo los dictados de la economía del miedo, para la cual la guerra como tortura de masas, el saqueo sistemático, la «reconstrucción» después de la devastación o la organización de la «seguridad» se han convertido en florecientes industrias. Dice la periodista y escritora canadiense Naomi Klein que, en la época del «capitalismo del desastre», la desorientación que producen los shocks reduce la capacidad de resistencia, y que el mejor modo de permanecer orientados es estar informados, saber lo que nos está pasando y por qué.5 Pensar requiere, por tanto, una información plural y comprometida, que es precisamente lo que intenta evitar el discurso hegemónico de los medios de comunicación de masas.
Hay saberes que se transmiten a través de la información y del discurso. Hay otros que se sustentan en el mito y el símbolo. En ambos casos, el peligro radica en el orgullo de creer que tratamos con verdades absolutas, cuando nuestra evolución depende de ir asumiendo y superando las verdades relativas que están a nuestro alcance. Hoy somos conscientes de que la razón universalista ha sido utilizada etnocéntricamente, por y para el sujeto occidental. El cuestionamiento y la deconstrucción del uso instrumental de esa razón son necesarios para que sean factibles los ideales de libertad, igualdad y solidaridad que deben inspirar la vida a escala planetaria. El pensamiento vertical debe encontrar formas de entendimiento horizontal. La ética del respeto y del cuidado debe prevalecer ante los riesgos ecológicos y las amenazas morales que acechan la vida en la tierra.
A partir de estas reflexiones, la exposición Qué pensar gira alrededor de tres cuestiones fundamentales: la hybris contemporánea, la «desdicha» de la historia, y el consuelo y la conciencia que el arte puede aportar.
Por un lado, reconocemos la soberbia, la voluntad de poder y el orgullo desmesurados en personas, empresas, naciones e imperios. Por el otro, rememorando enfrentamientos individuales y guerras o masacres colectivas, nos planteamos qué tipo de pensamiento justifica la opresión, en nombre de qué verdad, de qué pulsiones y de qué intereses se han cometido y se cometen las vejaciones y crueldades de que está plagada la historia universal.
Del budismo al marxismo, existen múltiples teorías para explicar el sentido de la vida, justificar la inevitabilidad del sufrimiento humano o rebelarse contra él, pero ¿son las calamidades un «castigo de Dios», como dice el catolicismo?, ¿son las tragedias sociales una «necesidad histórica», como decía Hegel? Preguntarse si los desastres tienen un significado moral o son solo fruto de la arbitrariedad del destino y de la codicia es relevante cuando revisitamos la historia y vemos cómo los crímenes, las deportaciones, los atentados o las injusticias, cometidos a 13 veces en nombre del «progreso», se siguen produciendo sin que el ser humano parezca haber aprendido del pasado.
Vivimos momentos de convulsión, de necesidad de nuevas hermenéuticas que nos ayuden a comprender el sentido de nuestro estar en el mundo. Ahora es más urgente que nunca el análisis sobre cómo se construye el conocimiento como instrumento de dominio y como medio de emancipación, sobre cómo se articula la economía psíquica y política que sustenta el poder, y sobre las instituciones y los medios que controlan el saber.
El arte, que es representación, es un ejercicio de saber y de poder. Las obras exponen el mundo, lo analizan, lo revelan. Y la exposición que temporalmente las conjunta es un lugar privilegiado para el intercambio simbólico entre la obra y el espectador, un espacio para que, además del disfrute estético, se produzcan discursos críticos y nuevos diálogos políticos.
La modernidad luchó por la autonomía de la obra y cayó en un absolutismo hermético. Al mismo tiempo, el deseo de borrar las fronteras que separaban el arte de la vida dio lugar a otras formas de acción en las que la obra era concebida como medio, como puente, como texto que solo adquiría sentido al ser interpretado por el espectador. En esa conexión intertextual radica la posibilidad de una creatividad compartida como medio para entender y transformar el mundo en que vivimos. Y, como decía el poeta francés Antonin Artaud cuando comparaba el teatro con la peste, si las fuerzas que las obras liberan son negras no es culpa del teatro sino de la vida. Carl Gustav Jung señalaba en Psicología y Alquimia (1944) que solo integrando el Mal, aceptándolo y haciéndolo consciente era posible sanar al individuo y al mundo. El pesimismo de la inteligencia sabe que a través del pensamiento crítico, del optimismo de la voluntad, del arte verdadero, de la humildad y la compasión, la curación y la emancipación son posibles.

